(Relato)Casi inmortal
Él era casi inmortal. Se había quedado atascado en sus radiantes y poderosos 27 años, en su vida de carpintero romano , y desde entonces no había envejecido más que su acre carácter. Al ver que todos cambiaban, envejecían, se erosionaban como las rocas de la montaña por el paso del aire sobre sus mejillas y su cabello, y que él no lo hacía, se empezó a volver loco. Todos sus familiares murieron antes de poderse dar cuenta que Cassio sólo cambiaba, a lo sumo, en la manera de peinarse, y alguno comentó alguna vez lo bien que se conservaba el muchacho. En su locura, vagó a lo largo de todo el mundo conocido, siempre con ropajes distintos, recuerdos nuevos, vidas distintas y difíciles, de campesino a legionario, de legionario a asesino, trepando y descendiendo por todos los estratos de la cultura humana. Su locura era de una cordura impresionante, siendo él capaz de comprender racionalmente todo y a todos, y con un intelecto que iba creciendo a lo largo de siglos, pero al mismo tiempo era la peor locura, porque comprendía todo, menos su propia existencia. Una especie de instinto básico le decía que nadie creería su increíble conservación, y por lo tanto, sólo se lo contó a una vieja adivina del sur de la Galia, que colgaba collares de la buena suerte en las húmedas paredes de su casa, con dioses tanto celtas como romanos intercalandose , y que cubrían casi toda la superficie de los cuatro muros. Había dedicado media vida a buscar los collares indicados, y no los elegía por algun patrón racional, sino por la sensación que le inspirase su textura. Lo mismo aplicaba a su colocación en los muros. Ella le dijo que si realmente era cierto lo que decía, el único consejo que le podía dar era suicidarse. "Los hombres no nacen para ser dioses" le dijo ella. "Estás rompiendo con el ciclo de la vida, y con ello, maldices la propia esencia de nuestra humanidad. Lo único que puedo decirte es que deberías beber algun veneno, o lanzarte de un peñasco. Ahora, vete de mi casa".
Lo intentó. Se lanzó del peñasco más alto que encontró. Rompiéronse todos sus huesos, su cerebro se dañó, pero no murió. El dolor lo retorcía, sin embargo no perdía la conciencia, se encontraba en los límites de la preservación, y no moría, por más que era lo que más ansiaba, quería dejar de existir, y no podía. Eventualmente, días después, famélico, como un perro, pero recuperandose, logró levantarse. Entonces comprendió que su única meta ahora, que ya había vivido todo lo que era posible vivir, que había visto pasar mil profetas por la tierra, era encontrar la forma de morir. Sería la lucha contra su propio cuerpo, un cuerpo milagroso que no permitía discusión, que haría que siguiera vivo y consciente, la maldición de la vida a medias y la muerte improbable.
Finalmente, murió en un accidente de tráfico en 1935, en Lisboa. Verdadero accidente, puesto que él por primera vez sentía algo nuevo. Se había enamorado de una prostituta de un barrio oscuro y lóbrego del sur de la ciudad, plagado de enfermedades, pero de una belleza anormal y obtusa. La había contratado por pura costumbre, para satisfacer su cuerpo, como compraría pan o leche, simplemente siguiendo su impulso de vida, e investigando la forma más segura de morir sin sufrir. Después de efectuado el servicio, había venido el enamoramiento, mientras la miraba absurdamente sobre la triste cama con almohadones raídos. La veía a la media luz de una luna azulada, y la veía mas vieja que él, más sabia, como si fuese otra diosa impura condenada a vagar por la tierra.
Referencias
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Qué loco... pero me gustó. Bastante. Siiie, es el tipo de cosas que me gusta leer.
Ale — 27-03-2006 20:57:20
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Te dejé un meme en mi blog. Saludines.
Omegar — 28-03-2006 00:09:31
